El
problema siempre ha sido el cuerpo. Bueno, no lo sé a ciencia cierta. Pero el
corte final es hasta cierto punto sencillo. Como saltar a un precipicio,
primero se mira el abismo, la distancia entre los ojos (porque de ahí viene la
altura, no de los pies) hasta el punto final de la caída, sea éste acuoso,
solido o la posible interrupción dada la cuerda de vida… de muerte en este caso.
Después, como diciendo las últimas palabras, uno piensa en lo que tiene que
pensar. La esperanza pérdida o ausente. La causa que nunca se fue. Supongo que
siempre hay alguien en todo eso, alguien o alguienes por quienes nos habríamos
mantenido al filo, sólo mirando.
A ellos recurriríamos si no fuera
por el último paso. Algo así como “un pequeño paso para el hombre…” Claro, aquí
la humanidad no se inmuta, es algo cotidiano. La humanidad se reduce a esas
cuantas personas que conformaron el universo existente aun cuando había cientos
de estrellas gravitando alrededor.
Entonces, después de mirar, tal vez
con arrepentimiento o excitación al último segundo por encontrarse con esa
parte final que nadie conoce, uno sólo da el paso. Las medidas desaparecen, las
razones y sus reacciones flotan con el cuerpo mismo.
Imagino que siempre hubo
arrepentidos al último minuto, que pretendieron con su mano alcanzar la cornisa
(¿tendrán el cielo asegurado?). Como en las películas de acción, donde la mano
del personaje invade toda la pantalla a mitad de una caída lenta y duradera, no
con esfuerzo, sino pidiendo clemencia (¿así los verá dios?) y momentos después,
los ojos, ojos desesperados combinados con resignación. Desesperados por
alcanzar lo inalcanzable y resignados por lo inevitable.
Eso a mí me va y me viene. Siempre
fui una persona que hacía las cosas bien pensadas, aunque con miedo, si iba para
allá, para allá me iba. Por eso no tengo ningún problema con la decisión final,
si lo digo lo hago y punto.
La cuestión es lo que viene después.
Eso es lo que frena verdaderamente. Primero el susto. ¿Quién irá a ser el pobre
desafortunado que se tope de frente con lo más común y sublime de la vida que
es la muerte? Lo inesperado indudablemente asusta, por entrenado que se esté en
ver cuerpos. Uno da la vuelta en la esquina y se asusta sorpresivamente con el
encuentro de otra persona, de un perro incluso, pero al final, ese otro
respira, camina, y redirecciona su andar. Pero un cuerpo vacío… estremece.
Después, el arguende mediático. Que
si fue por despecho, que si fue por dinero, que si fue por cobarde. Esos que
cubren las notas nunca entienden nada. Parece que requieren un curso de
sensibilidad para entender que las razones de esto, van más allá del
entendimiento. Se requiere de terapia para entender las razones (inconclusa por
cierto, si no, no pasaría lo que pasa), porque aunque se dé uno de alta, esto
pasa, pero al menos bien explicado, sin tanto cabo suelto.
Después, las entrevistas al
conocido. Preguntando sin incomodidad respeto o sensibilidad, si el ignoto dio
señales de esto (¡claro que sí! Esto es lo que hay que enseñarles), si ya lo
había intentado, si fue planeado (siempre lo es). Ellos preguntan como si el
muerto poseyera a sus conocidos para recibir las cámaras y micrófonos que no
recibió en vida. Esta es la parte más difícil, la que uno quiere evitar.
Pero bueno, entre el amarillismo
mediático, las fotos sin censura en los periódicos más baratos de la ciudad y
el cuerpo, hay una dificultad por saber que es lo verdaderamente insoportable.
¿Qué se le hace al cuerpo? Cualquier
método implica suciedad, implica la necesidad de maquillar huellas. Sean estas
orificios, marcas alrededor del cuello, meter la lengua, reconstruir alguna parte
del rostro siempre es necesario. Peor aún, el papeleo, porque para vivir se
requieren papeles que al final tienen que ser arreglados por alguien que no
eres tú. Alguien tiene que limpiarte al nacer y al morir. Es decir, el cuerpo
implica papeles jurídicos, papeles con valor monetario, papeles para limpiar,
papeles para llorar, papeles, el mejor invento del hombre.
Y es que si se interrumpió la vía
pública, si se cayó sobre una carriola, si un policía, uno solo, tuvo que dejar
su humilde y más sincero servicio a la comunidad por salvar a un simple mortal,
implica papeles, mordidas, dinero.
El cuerpo implica pues, dinero,
dinero por aquí, dinero para acelerar las cosas, para arreglar la jeta
deshecha, implica tanto… Ese es el verdadero problema. Y es que incluso, si uno
decide ser amigable con el medio ambiente y con el medio social e irse a morir
al campo, ya no hay animales que lo devoren a uno. Y en dado caso aparecen de
nuevo los papeles con alguna foto excesivamente borrosa (habiendo tantas fotos
de perfil), de parte de alguno o alguna que tiene fe en salvarte.
Y para terminarla de arruinar, si
uno se aventura, teme encontrarse con aquello de lo que tanto huye, otras
gentes. Que si violentas, que si amigables, uno termina tal vez como un numero
en las estadísticas del narcotráfico o de la indigencia. Pero así ya no tiene
chiste. Tampoco se trata de degradar la desgracia. Si uno va a morir (cobarde o
heroicamente, como quiera verse), hay que hacerlo sin rebajar la dignidad que
uno tiene, sin perder el nombre o el apellido. Porque de lo contrario, ahí
aparecen razones sencillas, numéricas, y ya no daría a qué pensar o preguntar,
porque eso siempre se quiere, ¿cómo si no? Uno espera la charla final.
El cuerpo arruina toda posibilidad
de desaparecer del mundo de manera honorable. Escribo todo esto desde la silla
del escritorio. En la otra ventana de la computadora hay una gráfica que debo
llenar con datos que no me pertenecen. Números que dicen más números aunque
impliquen personas como yo.
¿Es por eso que hago lo que hago?
(¿Es hago o haré?). ¿Es acaso que me cansé de los papeles, de los números, de
la ausencia de nombre? Lo hago porque estoy cansado. Más bien, quiero hacerlo
porque es lo único de lo que mis manos tienen el control. Aunque pudiera yo
planear un viaje a Perú, malaya sea, un virus pandémico me frenaría. Aunque
pretendiera yo ser astronauta, afortunados sean mis padres, nacería en la
pobreza intelectual y monetaria como para ir a Cambridge o alguna universidad
en el Norte del país, requisito indispensable.
Pero la muerte, mi muerte, es lo
único en que yo puedo hacer algo para decidir cuando tiene que ser. Decir “la”
muerte, es dejárselo a la huesuda, a dios, a los dioses, al destino, a las
enfermedades inevitables. Pero decir, “mi” muerte, es tener el poder, por fin,
de mis pasos. Es la capacidad negada universalmente, de tener el control.
Porque eso es lo que nos aterra
siempre. No saber nada. La incertidumbre produce ansiedad. Si bien mi salud
dice que tengo las probabilidades de un 90 por ciento de que respire mañana, el
otro 10 pesa como plomo frente a una sola y simple pluma. Ese 10 por ciento es
el que me aterra, es del que decido deshacerme. Es el que ya no quiero tener en
cuenta como infinitas posibilidades de muerte que no dependen de mí.
Pero una vez más, el cuerpo. ¿Qué le
hago al cuerpo? No quiero que mi madre me vea colgado de un barandal. No
quisiera que alguien tuviera que reconocer un rostro quemado de la barbilla por
el impacto de bala. Qué vergüenza sería caer de un puente, no morir e interrumpirle
el sábado a alguien. Morir en Taiwán implica un gasto innecesario en la aduana,
una carga para quien no lo merece a nivel internacional. Resulta entonces que
el problema no es la decisión de morir, esa es seguro que podemos tenerla. La
situación es lo que viene después. Dejando de lado las lágrimas, los llantos
incontrolables y las responsabilidades injustificadas ajenas, sólo por las
ganas de sentirse culpable, el cuerpo es el verdadero problema para morir.