miércoles, 28 de abril de 2021

Hilario


 

Dios estuvo aquí. Puso un dedo sobre la tierra y la gente corrió. La tierra se movió con golpe firme, lleno de rencor, lleno de fuerza. Ese ser extraño, caprichoso e iracundo puso la mirada en esta tierra de todos y de nadie. Puso a prueba la fe, nos miró buscarlo en el cielo y en los escombros, bajó a mover piedras, a sentir el dolor humano y la incertidumbre de no saber nada en absoluto. Todos lo veían en los víveres, en las cadenas humanas, en los enterrados.

Aquel día Hilario rezo por su familia, recordó cuando se echó la maleta en la espalda y partió a México, a ganarse los centavos que les hacen tanto bien a las deudas, porque ellos no ven ni un solo peso. La escuela, la comida, la casa, no hay más. Recordó el tierno beso de su esposa, besó a sus hijos aún dormidos cuando salió de casa. Nadie esperaba ese otro golpe, que no es de dios, es de la vida, del destino. La tierra vibró y el mundo se vino abajo en segundos.

Había visto a la gente ensayar la catástrofe que muchos preferían olvidar. Era irónico darse cuenta que los más preocupados fueran los mismos que segundos antes expresaba apatía. Se preguntaba qué pasaba por sus memorias cuando en él solo estaba el recuerdo de su hogar. No había transporte a ninguna parte, en las avenidas los autos permanecían inmóviles y los peatones invadían las calles.

No pasó mucho tiempo tras la histeria, cuando se percató del silencio, un silencio que jamás había sentido en la ciudad, sorprendente, lleno de esperanza, un silencio que daba espacio a un grito de ayuda. A su izquierda un edificio derrumbado clamaba por silencio y de repente, de entre los escombros surgieron los aplausos, gritos, chiflidos, era una felicidad compartida, que él no podía saborear tan sólo de pensar si sus hijos tendrían la misma suerte. Autos hacían la radio pública, se podía escuchar el noticiero; derrumbes en la ciudad, heridos, personas atrapadas. Le sorprendió la rapidez con que actuaron todos a su alrededor. Por azares, se coló con un grupo que iba a ayudar a San Miguel, su pueblo. Al llegar a su tierra corrió en busca de su familia. Ignoró el desastre a su alrededor. Parte de la iglesia caída, gente moviendo piedras, empujo a quien se le pusiera enfrente. Todo parecía perdido hasta que vio entre el polvo, la gente y  los escombros, a su esposa e hijos ayudando, trabajando, cargando. Recuperó el aliento y tras abrazarlos y ver el apoyo que venía de la ciudad, él y su gente sintieron fe. En ese momento lo único que podía sentirse era la firme esperanza de poder reconstruir sus vidas en poco tiempo.

Después de tres meses Hilario vio revivir la vida en la ciudad. No se había detenido a mirar la gente, todos tan deprisa. Su vida, volvía a ser casi la misma, entre el ruido de los autos, vendiendo en cada luz roja. Los edificios se levantaron de nuevo, la gente volvía a la normalidad. Tras mirar  su entorno, recordó aquellos días de desastre, cientos ayudando como nunca, desfilando en las calles y pueblos lejanos para quitar piedras y dolores. Recordó los camiones llenos de alimento, de ropa, de esperanza. Volvió a ver brillar la ciudad. Tenía la certeza de que dios estuvo ahí.

Pero había algo sin reparar en él. En el autobús de vuelta a San Miguel los recuerdos lo llenaron de tristeza. Vio el mundo de vuelta a la normalidad. Estaba triste porque su mundo no pertenecía al reconstruido. Bajó del transporte. Pasó frente a la tienda de doña Luz que ahora era ocupado por un vacío. Extrañaba a don Luis quien siempre lo saludaba al llegar, la calle estaba desierta y destruida, no había escombros pero Hilario veía en ese vacío la soledad, la tristeza y la muerte. No había casa a la cual llegar, no había techo sino un refugio para él y sus vecinos. Antes de dormir, Hilario se preguntó si Dios estuvo ahí.


Templo Señor Santiago Xochiteopan

El Problema

 

El problema siempre ha sido el cuerpo. Bueno, no lo sé a ciencia cierta. Pero el corte final es hasta cierto punto sencillo. Como saltar a un precipicio, primero se mira el abismo, la distancia entre los ojos (porque de ahí viene la altura, no de los pies) hasta el punto final de la caída, sea éste acuoso, solido o la posible interrupción dada la cuerda de vida… de muerte en este caso. Después, como diciendo las últimas palabras, uno piensa en lo que tiene que pensar. La esperanza pérdida o ausente. La causa que nunca se fue. Supongo que siempre hay alguien en todo eso, alguien o alguienes por quienes nos habríamos mantenido al filo, sólo mirando.

            A ellos recurriríamos si no fuera por el último paso. Algo así como “un pequeño paso para el hombre…” Claro, aquí la humanidad no se inmuta, es algo cotidiano. La humanidad se reduce a esas cuantas personas que conformaron el universo existente aun cuando había cientos de estrellas gravitando alrededor.

            Entonces, después de mirar, tal vez con arrepentimiento o excitación al último segundo por encontrarse con esa parte final que nadie conoce, uno sólo da el paso. Las medidas desaparecen, las razones y sus reacciones flotan con el cuerpo mismo.

            Imagino que siempre hubo arrepentidos al último minuto, que pretendieron con su mano alcanzar la cornisa (¿tendrán el cielo asegurado?). Como en las películas de acción, donde la mano del personaje invade toda la pantalla a mitad de una caída lenta y duradera, no con esfuerzo, sino pidiendo clemencia (¿así los verá dios?) y momentos después, los ojos, ojos desesperados combinados con resignación. Desesperados por alcanzar lo inalcanzable y resignados por lo inevitable.

            Eso a mí me va y me viene. Siempre fui una persona que hacía las cosas bien pensadas, aunque con miedo, si iba para allá, para allá me iba. Por eso no tengo ningún problema con la decisión final, si lo digo lo hago y punto.

            La cuestión es lo que viene después. Eso es lo que frena verdaderamente. Primero el susto. ¿Quién irá a ser el pobre desafortunado que se tope de frente con lo más común y sublime de la vida que es la muerte? Lo inesperado indudablemente asusta, por entrenado que se esté en ver cuerpos. Uno da la vuelta en la esquina y se asusta sorpresivamente con el encuentro de otra persona, de un perro incluso, pero al final, ese otro respira, camina, y redirecciona su andar. Pero un cuerpo vacío… estremece.

            Después, el arguende mediático. Que si fue por despecho, que si fue por dinero, que si fue por cobarde. Esos que cubren las notas nunca entienden nada. Parece que requieren un curso de sensibilidad para entender que las razones de esto, van más allá del entendimiento. Se requiere de terapia para entender las razones (inconclusa por cierto, si no, no pasaría lo que pasa), porque aunque se dé uno de alta, esto pasa, pero al menos bien explicado, sin tanto cabo suelto.        

            Después, las entrevistas al conocido. Preguntando sin incomodidad respeto o sensibilidad, si el ignoto dio señales de esto (¡claro que sí! Esto es lo que hay que enseñarles), si ya lo había intentado, si fue planeado (siempre lo es). Ellos preguntan como si el muerto poseyera a sus conocidos para recibir las cámaras y micrófonos que no recibió en vida. Esta es la parte más difícil, la que uno quiere evitar.

            Pero bueno, entre el amarillismo mediático, las fotos sin censura en los periódicos más baratos de la ciudad y el cuerpo, hay una dificultad por saber que es lo verdaderamente insoportable.

            ¿Qué se le hace al cuerpo? Cualquier método implica suciedad, implica la necesidad de maquillar huellas. Sean estas orificios, marcas alrededor del cuello, meter la lengua, reconstruir alguna parte del rostro siempre es necesario. Peor aún, el papeleo, porque para vivir se requieren papeles que al final tienen que ser arreglados por alguien que no eres tú. Alguien tiene que limpiarte al nacer y al morir. Es decir, el cuerpo implica papeles jurídicos, papeles con valor monetario, papeles para limpiar, papeles para llorar, papeles, el mejor invento del hombre.

            Y es que si se interrumpió la vía pública, si se cayó sobre una carriola, si un policía, uno solo, tuvo que dejar su humilde y más sincero servicio a la comunidad por salvar a un simple mortal, implica papeles, mordidas, dinero.

            El cuerpo implica pues, dinero, dinero por aquí, dinero para acelerar las cosas, para arreglar la jeta deshecha, implica tanto… Ese es el verdadero problema. Y es que incluso, si uno decide ser amigable con el medio ambiente y con el medio social e irse a morir al campo, ya no hay animales que lo devoren a uno. Y en dado caso aparecen de nuevo los papeles con alguna foto excesivamente borrosa (habiendo tantas fotos de perfil), de parte de alguno o alguna que tiene fe en salvarte.

            Y para terminarla de arruinar, si uno se aventura, teme encontrarse con aquello de lo que tanto huye, otras gentes. Que si violentas, que si amigables, uno termina tal vez como un numero en las estadísticas del narcotráfico o de la indigencia. Pero así ya no tiene chiste. Tampoco se trata de degradar la desgracia. Si uno va a morir (cobarde o heroicamente, como quiera verse), hay que hacerlo sin rebajar la dignidad que uno tiene, sin perder el nombre o el apellido. Porque de lo contrario, ahí aparecen razones sencillas, numéricas, y ya no daría a qué pensar o preguntar, porque eso siempre se quiere, ¿cómo si no? Uno espera la charla final.

            El cuerpo arruina toda posibilidad de desaparecer del mundo de manera honorable. Escribo todo esto desde la silla del escritorio. En la otra ventana de la computadora hay una gráfica que debo llenar con datos que no me pertenecen. Números que dicen más números aunque impliquen personas como yo.

            ¿Es por eso que hago lo que hago? (¿Es hago o haré?). ¿Es acaso que me cansé de los papeles, de los números, de la ausencia de nombre? Lo hago porque estoy cansado. Más bien, quiero hacerlo porque es lo único de lo que mis manos tienen el control. Aunque pudiera yo planear un viaje a Perú, malaya sea, un virus pandémico me frenaría. Aunque pretendiera yo ser astronauta, afortunados sean mis padres, nacería en la pobreza intelectual y monetaria como para ir a Cambridge o alguna universidad en el Norte del país, requisito indispensable.

            Pero la muerte, mi muerte, es lo único en que yo puedo hacer algo para decidir cuando tiene que ser. Decir “la” muerte, es dejárselo a la huesuda, a dios, a los dioses, al destino, a las enfermedades inevitables. Pero decir, “mi” muerte, es tener el poder, por fin, de mis pasos. Es la capacidad negada universalmente, de tener el control.

            Porque eso es lo que nos aterra siempre. No saber nada. La incertidumbre produce ansiedad. Si bien mi salud dice que tengo las probabilidades de un 90 por ciento de que respire mañana, el otro 10 pesa como plomo frente a una sola y simple pluma. Ese 10 por ciento es el que me aterra, es del que decido deshacerme. Es el que ya no quiero tener en cuenta como infinitas posibilidades de muerte que no dependen de mí.

            Pero una vez más, el cuerpo. ¿Qué le hago al cuerpo? No quiero que mi madre me vea colgado de un barandal. No quisiera que alguien tuviera que reconocer un rostro quemado de la barbilla por el impacto de bala. Qué vergüenza sería caer de un puente, no morir e interrumpirle el sábado a alguien. Morir en Taiwán implica un gasto innecesario en la aduana, una carga para quien no lo merece a nivel internacional. Resulta entonces que el problema no es la decisión de morir, esa es seguro que podemos tenerla. La situación es lo que viene después. Dejando de lado las lágrimas, los llantos incontrolables y las responsabilidades injustificadas ajenas, sólo por las ganas de sentirse culpable, el cuerpo es el verdadero problema para morir.