Dios estuvo aquí. Puso un dedo sobre la tierra y la
gente corrió. La tierra se movió con golpe firme, lleno de rencor, lleno de
fuerza. Ese ser extraño, caprichoso e iracundo puso la mirada en esta tierra de
todos y de nadie. Puso a prueba la fe, nos miró buscarlo en el cielo y en los
escombros, bajó a mover piedras, a sentir el dolor humano y la incertidumbre de
no saber nada en absoluto. Todos lo veían en los víveres, en las cadenas
humanas, en los enterrados.
Aquel día Hilario rezo por su familia, recordó
cuando se echó la maleta en la espalda y partió a México, a ganarse los
centavos que les hacen tanto bien a las deudas, porque ellos no ven ni un solo
peso. La escuela, la comida, la casa, no hay más. Recordó el tierno beso de su
esposa, besó a sus hijos aún dormidos cuando salió de casa. Nadie esperaba ese
otro golpe, que no es de dios, es de la vida, del destino. La tierra vibró y el
mundo se vino abajo en segundos.
Había visto a la gente ensayar la catástrofe que
muchos preferían olvidar. Era irónico darse cuenta que los más preocupados
fueran los mismos que segundos antes expresaba apatía. Se preguntaba qué pasaba
por sus memorias cuando en él solo estaba el recuerdo de su hogar. No había
transporte a ninguna parte, en las avenidas los autos permanecían inmóviles y
los peatones invadían las calles.
No pasó mucho tiempo tras la histeria, cuando se
percató del silencio, un silencio que jamás había sentido en la ciudad,
sorprendente, lleno de esperanza, un silencio que daba espacio a un grito de
ayuda. A su izquierda un edificio derrumbado clamaba por silencio y de repente,
de entre los escombros surgieron los aplausos, gritos, chiflidos, era una felicidad
compartida, que él no podía saborear tan sólo de pensar si sus hijos tendrían
la misma suerte. Autos hacían la radio pública, se podía escuchar el noticiero;
derrumbes en la ciudad, heridos, personas atrapadas. Le sorprendió la rapidez
con que actuaron todos a su alrededor. Por azares, se coló con un grupo que iba
a ayudar a San Miguel, su pueblo. Al llegar a su tierra corrió en busca de su familia.
Ignoró el desastre a su alrededor. Parte de la iglesia caída, gente moviendo
piedras, empujo a quien se le pusiera enfrente. Todo parecía perdido hasta que
vio entre el polvo, la gente y los escombros,
a su esposa e hijos ayudando, trabajando, cargando. Recuperó el aliento y tras abrazarlos
y ver el apoyo que venía de la ciudad, él y su gente sintieron fe. En ese
momento lo único que podía sentirse era la firme esperanza de poder reconstruir
sus vidas en poco tiempo.
Después de tres meses Hilario vio revivir la vida en
la ciudad. No se había detenido a mirar la gente, todos tan deprisa. Su vida,
volvía a ser casi la misma, entre el ruido de los autos, vendiendo en cada luz
roja. Los edificios se levantaron de nuevo, la gente volvía a la normalidad.
Tras mirar su entorno, recordó aquellos
días de desastre, cientos ayudando como nunca, desfilando en las calles y
pueblos lejanos para quitar piedras y dolores. Recordó los camiones llenos de
alimento, de ropa, de esperanza. Volvió a ver brillar la ciudad. Tenía la
certeza de que dios estuvo ahí.
Pero había algo sin reparar en él. En el autobús de vuelta a San Miguel los recuerdos lo llenaron de tristeza. Vio el mundo de vuelta a la normalidad. Estaba triste porque su mundo no pertenecía al reconstruido. Bajó del transporte. Pasó frente a la tienda de doña Luz que ahora era ocupado por un vacío. Extrañaba a don Luis quien siempre lo saludaba al llegar, la calle estaba desierta y destruida, no había escombros pero Hilario veía en ese vacío la soledad, la tristeza y la muerte. No había casa a la cual llegar, no había techo sino un refugio para él y sus vecinos. Antes de dormir, Hilario se preguntó si Dios estuvo ahí.
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| Templo Señor Santiago Xochiteopan |

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