martes, 18 de mayo de 2021

El Presente en el Futuro II

 “No es sequía, es saqueo”. Tan de repente se llenaron las redes sociales con esa consigna. Decían que de nada sirve reciclar el agua si las cerveceras o embotelladoras explotan hasta 24 millones de hectolitros anuales. (Decían, porque ahora Palestina sufre un genocidio. Si no es en América Latina, irremediablemente es en medio oriente). Eso sí, el saqueo de agua esta avalado con concesiones que vienen desde los años 90, sin actualizaciones regulatorias o con pago de licencias de funcionamiento de tan sólo 250 pesitos anuales (Nestlé).

            Efectivamente, se están llevando el agua descaradamente. Y los gobiernos en todos sus niveles, deben poner ojo en la lupa, porque aparte de la sacadera del líquido vital, violan las regulaciones de protección ambiental, comunitaria y de extracción de recursos. Por un lado, crean una cantidad inmensa de plásticos a la par de la deforestación y contaminación que provocan (tema para otra ocasión); por otro dejan a las comunidades sin agua (llámese por ejemplo, Santa María Zacatepec); y finalmente perforan y extraen más de lo debido [algunas concesiones (Bonafont) ni siquiera especifican el volumen de extracción anual] o perforan hasta donde alcance el taladro (Grupo Modelo).

            Pero algo a subrayar, ello no implica que nuestros esfuerzos individuales no tengan ningún sentido, todo lo contrario. El esfuerzo individual debe diversificarse ahora a la regulación del consumo, al apoyo a las comunidades y a su visibilización, a darnos cuenta que esas empresas sobreviven gracias a las concesiones y a nuestros bolsillos. Volvernos Alcohólicos Anónimos nos vendría bien a muchos (hay personajes que hasta se les bajaría el coraje), dejar de consumir agua embotellada basta con apoyar a las purificadoras, hacer visible la lucha, apoyarla y difundirla es un acto de solidaridad y de humanidad.

Y es que se están llevando hasta nuestras vidas. Activistas, reporteros y principales voceros en esta justa ambiental la llevan de perder, las casualidades hacen que desaparezcan impunemente. Los defensores hacen un sacrificio mayor, con la seguridad posible de un atentado a su vida, gritan, organizan y movilizan. Que sus vidas, mínimo, valgan cada día de las nuestras, reavivando esa llama desde lo más primordial, nuestras acciones cotidianas.

            Se requiere compromiso de las naciones, que pongan las cuestiones medioambientales por encima de los billetes. Que la degradación de la madre naturaleza sea el amparo a las supuestas y tramposas demandas en tribunales supranacionales, donde empresas privadas ven por sus inversiones a costa del mundo. Pero también se requiere de una participación individual, que conlleve a consecuencias positivas y que no dejen de apuntar a los mayores responsables. Eso sí, que quienes señalen tengan firmes determinaciones en su quehacer diario para hacerlo.

lunes, 10 de mayo de 2021

Ya listo?

Siempre me molestó que mi hermano comenzara comer antes que nosotros. Cuando salía de la habitación y lo veía cómodamente en la mesa, devorando (porque él no comía, devoraba) me preguntaba por qué nadie le decía nada. Desde que tengo memoria hacíamos una especie de ritual, poner la mesa, los platos, el agua, las servilletas, la comida, la oración y que a uno le tocara servir cada vaso para cada quien. Mi hermano llegaba a romper ese ritual cada que empezaba antes que todos. Como si de repente el padre en la misa empezara por comer la hostia y el vino, luego diera misa y al final nos comulgara, todo un desorden que no le gustaría ni a Dios ni a nadie. 
    
     Ahora me arrepiento de pensar así, valdría la pena verlo devorar, sin detenimiento ni remordimiento, sólo comer, bocado tras bocado, que feliz se veía. En aquellos días cuando me despertaba, me sentía como un adulto al preparar mi desayuno. Un huevo, sincronizadas, tal vez recalentar lo del día anterior. Ese ritual de poner la mesa me pertenecía, porque mis mañanas casi siempre fueron solitarias, excepto los domingos, cuando todos compartíamos los buenos días. 

     Cuando terminaban mis clases en línea mamá nos llamaba y comenzaba ese tan anhelado ritual. No sé por qué lo disfrutaba tanto. Tal vez sentía como una pequeña fiesta, donde todos se reunían para festejar algo, ahora me doy cuenta que si había festejo. Era delicioso y divertido. Pasar las tortillas de un lado a otro, pedir la sal o más agua, escuchar las cucharas rascar hasta la última gota del caldo en la sopa. Después el guisado, mi madre siempre tan original, nunca hubo un platillo repetido en la semana, o era carne, o pollo, o pescado, o verduras rellenas, ella siempre innovando. 
    
    El ritual no terminaba con la comida, había que recoger la mesa y había un pobre diablo que debía lavar los trastes, una vez a la semana alguien era el sentenciado. ¿Cómo será en otras familias? ¿Todos lavan, uno sólo lo hace, hay quien les lave? Yo lo disfrutaba, porque era el momento en que hablaba con mi mamá mientras ella recogía el desorden por cocinar, me contaba de cuando era joven. No había más, sólo su vida y a veces la mía y la de mis amigos. 

     Después de ir a mi clase de box con mi tío en la tarde-noche, mi madre me esperaba, a mí y a mi padre con la cena, algo sencillo, pero recuerdo ahora como terminaba lleno, muy lleno. Mi padre por cierto, trabajaba duro. Despertaba muy temprano, desayunaba antes que yo y se iba con un lunche, hecho por él o por mamá. No volvía hasta entrada la noche, nunca hambriento, pero como yo en las mañanas, tenía una manera peculiar de hacer suya la cena. Me veía fijamente, me preguntaba por la escuela, mis exámenes los pasaba con más de ocho porque tenía mi sparring cuando cenaba con él. “¿Quién descubrió América?, ¿Cuándo?, Capital de Colombia. ¿Quién fue Simón Bolívar?” Siempre preguntas que más que molestarme, me ponían nervioso, no quería quedarle mal. Él y mi hermano siempre me corregían y me contaban más y más. Yo me sentía pequeño, como si no estuviera ya en edad de dejar la primaria. 
    
     Ahora que pienso en mi padre y en los días de hoy, tengo muy presente esa mañana. Salí de mi cuarto y como todas las mañanas, me gustaba verlo, o lavar su plato o terminando de desayunar. Se veía tan preparado, como si estuviera listo para ir a un evento importante, concentrado, escuchando las noticias en la radio. Su semblante cambiaba al verme “¿ya listo?” siempre me preguntaba con una sonrisa. Pero aquella mañana estaba recargado en la alacena, la radio apagada, él miraba a la nada mientras bebía una taza de café. “Se me antojó” me respondió cuando le dije que él no bebía eso, sólo mamá. Recuerdo su mirada, como ausente, como si hubiera perdido algo desde hace días. Miró su taza de café por un instante y me hizo su pregunta clásica de mañana. Fue un “¿ya listo?” que resuena cada día en mi corazón. Desde ese día él sabía lo que venía. 

     Desde aquella mañana no lo volví a ver desayunar, “estoy a dieta” nos decía, “estoy subiendo los kilos que me faltan pa’ la edad” decía mofándose de mi tío Raúl, que se sentía orgulloso de su gordura. “Pero mira, llevo mi lunche, ese no puede faltar o me desmayo, tu come bien, que para eso trabajo, pa’ que engordes como tu tío”. 

     Un día de esos, mi hermano me sorprendió, “¿vas a querer?” me preguntó antes de terminarse el guisado. Él no hacía eso, él comía y comía, como si tuviera una aspiradora en su estómago. No preguntaba ni se medía, incluso cuando nos visitaban mis primos y comíamos todos juntos, aunque hubiera alguno que se quedará sin guisado, él se servía con gusto y antojo. Pero desde ese día sus bocados, en ocasiones, iban acompañados de miradas. Sus miradas, recuerdo sus miradas sobre mí. ¿Qué tanto veían? Supongo que veían la forma de que yo no viera nada. 

     Yo entendí que pasaba algo hasta que mamá nos dijo que tenía que ir al centro. Se fue sin cocinar, con prisa, después de abrir el correo, se fue con prisa, alborotó los papeles de su cuarto y se fue. Por la tarde, habló con mi padre, decían de la suspensión de un pago a mi madre, un recorte, impuestos, cosas que escuchaba en la radio por las mañanas. Mi hermano estaba muy atento, participaba, entendía ese idioma de adultos, dijo que empezaría a trabajar. 

     De algún modo, eso me gustó, ahora éramos tres en las mañanas y poco a poco se anexó mi madre. Comenzó a hacer todos los deberes desde temprano y por las tardes salía no sé a dónde. Ahora por las tardes estaba solo y podía jugar libremente por toda la casa. Me sentía como un soldado que combatía contra los que venían de fuera. Me cubría en la ventana del cuarto, corría a la cocina y apuntaba con la escoba hacía la casa del vecino. Imaginaba francotiradores en la azotea y siempre andaba agachado. 

    Un día mi hermano alcanzó a verme jugar y me dio un paliacate “Este va en la nariz, para los lacrimógenos, siempre los usan” “Y para el Covid” le decía yo, “No, el gas si te jode la respiración cuando más la necesitas” me dijo. Un día no regresó, ni él ni mi padre. “Lo habrán confundido, las cosas están difíciles allá afuera” dijo mi madre. Yo sabía que no, él era broncudo, siempre hablaba de las marchas, hasta me enseñaba consignas, no había confusiones. Yo no entendía bien eso de la lucha, no sabía contra qué o para qué, él sólo me decía que era necesario para que yo viviera bien, aún lo creo. 

     Cuando volvió a casa estaba muy golpeado. Un lado de la cara la tenía muy inflamada y desde ese entonces caminó muy raro. Mientras se recuperaba me pedía sus libros o que buscara alguno en internet, a veces hasta le leía. Se le dificultaba mucho, quedó como pirata, con pierna de palo y un ojo inservible, todo por un perdigón. Recuerdo mucho su mirada, desde ese entonces comenzó a ser similar a la de papá. De hecho se hablaban con expresiones faciales cuando escuchaban la radio en las mañanas. “¿Cómo ves?” le preguntaba mi padre, como cuando cenaba conmigo, que por cierto, ya era ocasional esa cena, decía que comía cerca del trabajo. A lo que le respondía mi hermano él decía “sí” o “no” y después le hacía una explicación que a veces yo dejaba de entender, más cuando era de economía o política. Pero me ponía alerta cuando decían milicos, marchas, manifestaciones o retenes, me daba miedo no volver a ver a mi hermano. 

     A mamá no le gustaba que me interesara en ello. “Tú a tu escuela, acuérdate que vas a pasar de grado y debes estar listo, tu papá y yo para eso estamos, para que estudies” También cuando cocinaba me decía “Este lo guardamos para tu papá” y apartaba un plato con comida. Mamá lo tenía todo ordenado desde que se levantaba con nosotros, recuerdo que antes de todo este caos el refrigerador se veía más lleno. Pero eran comidas pasadas o verduras que no le gustaban a mi hermano. En esos días se veía hasta el fondo del refri, como nuevo casi. Bueno, eso pensé un buen tiempo. 

     Dejé de ir con mi tío también, “con su nuevo trabajo no lo va a dar tiempo, además debes alimentarte y cuidarte bien, si no vas a terminar flaco, suficiente tienes con tus correteos por la casa”. Lo cual también agradecí, había días que olía muy feo a sudor. Si boxeaba era seguro que terminaría hasta con la ropa mojada. Cuando fueron los cortes semanales me decían “deja que tu hermano y tu papá se bañen, si sobra te enjuagas la mugre”. Pero siempre me dejaban un poco para la cara, axilas y genitales. “Que tu cara sea hasta la nuca” me dijo mamá cuando me rapó. 

     A mí no me importó andar calvo, si con la pandemia todo era encierro y rareza con las movilizaciones todo se puso más feo, ya ni a la tienda podía yo salir. Recuerdo que había domingos en qué salíamos juntos, aunque fuera a comprar la despensa, pero de eso se empezó a encargar mi hermano, yo estaba ahora confinado a la casa. “El villano invisible había tomado forma de policía”, escuche decir a mi hermano una vez. Recuerdo que un día le grite muy feo, ni sé por qué. Sólo recuerdo el coraje incontrolable, no sé cómo debí de haberme visto, pero sé que mi expresión fue desconocida para él. También le di algunos golpes que ningún efecto le hicieron, sólo me sujeto, me gritó que me calmara. Después de un rato me dijo riendo “Tú lo que tienes es hambre”, y se salió. Entre mi llanto vi un encabezado del periódico que dejó botado “Colombia subió de 4.6 millones de personas en pobreza extrema a 7.4 millones”. Eso me sorprendió, no imaginaba como se verían tantas personas, cuando iba a asomarme a ver si había fotos él volvió con cosas para hacer sándwiches, me resultó tan extraño, pero me pidió que le ayudara. Recuerdo como me veía comer, “ya te hace falta salir también, luego te llevo a una marcha, para que le pegues a los milicos como lo hiciste conmigo, tienes buen brazo”. 

     No sé cómo lo habré visto, tenía una mirada con mucho afecto y entendí que era tiempo de crecer. Ya no quería que me consintieran, tenía que ser como él o cómo papá. Siempre los vi haciendo algo. Poco a poco acostumbré a mi cuerpo a dos comidas al día, tenía que alcanzar para todos, “por si alguien quiere” le decía a mamá cuando dejaba algo en la cazuela. Me impuse mis horas para leer lo que había en el librero de mi hermano, sigo sin entender muchas cosas y lamento no poder preguntarle mis dudas. Cuando mamá se iba yo hacía el aseo que faltaba, le ahorraba mucho tiempo de la mañana. De algún modo sé que ahora me toca a mí ocupar el tiempo para la lucha que aún no me toca pelear. Hay veces que me da sueño, que me aburro, que me canso o que simplemente no quiero leer. Pero siempre me acuerdo de mi papá, diciendo “¿Ya listo?”. Estoy ansioso para que alguna mañana, después de que desayune, me vea y sepa que si, que ya estoy listo.

martes, 4 de mayo de 2021

El Rey Ríe

 

El rey ríe

¿Por qué ríe el rey?

Ríe, ríe, y ríe.

 

Al Rey se le ilumina el rostro en el atardecer.

No sé si se ríe del atardecer o con él.

Ya es tarde y el rey sigue riendo.

Pronto se hará de noche y no deja de reír.

¿Por qué ríe el rey?



Emilio Gómez

El Presente en el Futuro


"A las generaciones futuras: Aquí existió el glaciar Ayoloco y retrocedió hasta desaparecer en 2018. En las próximas décadas los glaciares mexicanos se extinguirán irremediablemente. Esta placa es para dejar constancia de que sabíamos lo que estaba sucediendo y lo que era necesario hacer. Sólo ustedes sabrán si lo hicimos”

            Este es un mensaje para el futuro. Expertos de la Universidad Nacional Autónoma de México declararon extinto el glaciar de Ayoloco, en la cumbre del Iztaccihuatl y tras ello, colocaron una placa, como diagnóstico post mortem, en lo alto de la volcana, para recordarnos que desde el 2018 sabíamos de la catástrofe y no pudimos evitarlo

            Cuando uno enferma, ya con sus años, reconoce los malestares del cuerpo. Cada achaque, cada cambio diminuto es reconocido inmediatamente, sabemos qué nos pasa, sabemos qué tenemos, sabemos lo que está por venir. Ahora los científicos, nos ayudan a reconocer el mundo, sus malestares y sus posibles repercusiones. Como en nosotros la fiebre y el dolor, a la tierra los incendios y las sequías, son santo y seña, de que algo anda mal. Desaparecen lagos y ríos, los bosques se convierten en desiertos, los glaciares se funden en el mar, especies animales se extinguen diariamente, el campo no da frutos, la vida se agota. Los síntomas están a flor de piel y no sólo para la Pachamama. Tan conectados estamos que nos llega también la escasez de agua, suben los costos de producción, las enfermedades son tan recurrentes y frecuentes, contingencias ambientales son comunes, vivimos al día. Por el dinero, por el país, por el mundo.

            ¡La cantidad! ¡La cantidad del problema es lo que nos hace renunciar a la responsabilidad y la justicia! Ante tantas soluciones posibles, aparece el “aunque deje yo de usar plástico, ¿cuántas botellas no hay en el mundo?” “De nada sirve si el mundo no cambia”. De nada sirve…

De nada sirve, desconectar lo que no se usa. De nada sirve reciclar y dejar de consumir productos embotellados. De nada sirve reciclar el agua. De nada sirve separar la basura. De nada sirve ser responsables con el medio ambiente. De nada sirve regular el uso del auto. De nada sirve dejar de usar desechables desmedidamente. De nada sirve más que para llenar un espacio en  discursos como este. De nada sirve cambiar nuestro estilo de vida, porque ya son muchos años viviendo igual y seguimos vivos.

Y ese es el problema. Que por nosotros no hay ninguno. El planeta nos alcanza aún para nuestra generación y tal vez la de nuestros hijos. Los niños son la generación del futuro. ¿Pero cuál futuro? Lo que hagamos hoy, por mínimo que sea, en la lucha por salvarnos a nosotros mismos, tendrá tal impacto en la historia, que al menos garantizará que pueda haberla. Aquello que sirve de mucho para el mundo, es garantía de que el presente se extiende hasta el futuro.

Ojala que leyendo esto y principalmente, leyendo los malestares del mundo, alguien vea aquella placa y digan “lo hicieron, lo hicimos”.

Segregados. Música penalizada.

Ciudad de México, Reclusorio Oriente. Surge en 2008 una banda conformada por diversos géneros musicales mariachi, música sinaloense, rock, ska, reggae, la banda Segregados. Aparecen del fondo de la exclusión social con el disco Todo es playa con letras que expresan el encierro, la resignación y las dinámicas dentro de prisión. 10 años después lanzan su segundo disco, con apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, Diversos dos. Salen del reclusorio a recuperar su tiempo, sus vidas, dándose cuenta que se convirtieron en ejemplo de que la música, el arte mejor dicho, es una bella forma de salvar al mundo. 


Segregados en la Universidad de la Comunicación.

https://www.youtube.com/watch?v=IK3asdUf0QM&t=686s



miércoles, 28 de abril de 2021

Hilario


 

Dios estuvo aquí. Puso un dedo sobre la tierra y la gente corrió. La tierra se movió con golpe firme, lleno de rencor, lleno de fuerza. Ese ser extraño, caprichoso e iracundo puso la mirada en esta tierra de todos y de nadie. Puso a prueba la fe, nos miró buscarlo en el cielo y en los escombros, bajó a mover piedras, a sentir el dolor humano y la incertidumbre de no saber nada en absoluto. Todos lo veían en los víveres, en las cadenas humanas, en los enterrados.

Aquel día Hilario rezo por su familia, recordó cuando se echó la maleta en la espalda y partió a México, a ganarse los centavos que les hacen tanto bien a las deudas, porque ellos no ven ni un solo peso. La escuela, la comida, la casa, no hay más. Recordó el tierno beso de su esposa, besó a sus hijos aún dormidos cuando salió de casa. Nadie esperaba ese otro golpe, que no es de dios, es de la vida, del destino. La tierra vibró y el mundo se vino abajo en segundos.

Había visto a la gente ensayar la catástrofe que muchos preferían olvidar. Era irónico darse cuenta que los más preocupados fueran los mismos que segundos antes expresaba apatía. Se preguntaba qué pasaba por sus memorias cuando en él solo estaba el recuerdo de su hogar. No había transporte a ninguna parte, en las avenidas los autos permanecían inmóviles y los peatones invadían las calles.

No pasó mucho tiempo tras la histeria, cuando se percató del silencio, un silencio que jamás había sentido en la ciudad, sorprendente, lleno de esperanza, un silencio que daba espacio a un grito de ayuda. A su izquierda un edificio derrumbado clamaba por silencio y de repente, de entre los escombros surgieron los aplausos, gritos, chiflidos, era una felicidad compartida, que él no podía saborear tan sólo de pensar si sus hijos tendrían la misma suerte. Autos hacían la radio pública, se podía escuchar el noticiero; derrumbes en la ciudad, heridos, personas atrapadas. Le sorprendió la rapidez con que actuaron todos a su alrededor. Por azares, se coló con un grupo que iba a ayudar a San Miguel, su pueblo. Al llegar a su tierra corrió en busca de su familia. Ignoró el desastre a su alrededor. Parte de la iglesia caída, gente moviendo piedras, empujo a quien se le pusiera enfrente. Todo parecía perdido hasta que vio entre el polvo, la gente y  los escombros, a su esposa e hijos ayudando, trabajando, cargando. Recuperó el aliento y tras abrazarlos y ver el apoyo que venía de la ciudad, él y su gente sintieron fe. En ese momento lo único que podía sentirse era la firme esperanza de poder reconstruir sus vidas en poco tiempo.

Después de tres meses Hilario vio revivir la vida en la ciudad. No se había detenido a mirar la gente, todos tan deprisa. Su vida, volvía a ser casi la misma, entre el ruido de los autos, vendiendo en cada luz roja. Los edificios se levantaron de nuevo, la gente volvía a la normalidad. Tras mirar  su entorno, recordó aquellos días de desastre, cientos ayudando como nunca, desfilando en las calles y pueblos lejanos para quitar piedras y dolores. Recordó los camiones llenos de alimento, de ropa, de esperanza. Volvió a ver brillar la ciudad. Tenía la certeza de que dios estuvo ahí.

Pero había algo sin reparar en él. En el autobús de vuelta a San Miguel los recuerdos lo llenaron de tristeza. Vio el mundo de vuelta a la normalidad. Estaba triste porque su mundo no pertenecía al reconstruido. Bajó del transporte. Pasó frente a la tienda de doña Luz que ahora era ocupado por un vacío. Extrañaba a don Luis quien siempre lo saludaba al llegar, la calle estaba desierta y destruida, no había escombros pero Hilario veía en ese vacío la soledad, la tristeza y la muerte. No había casa a la cual llegar, no había techo sino un refugio para él y sus vecinos. Antes de dormir, Hilario se preguntó si Dios estuvo ahí.


Templo Señor Santiago Xochiteopan

El Problema

 

El problema siempre ha sido el cuerpo. Bueno, no lo sé a ciencia cierta. Pero el corte final es hasta cierto punto sencillo. Como saltar a un precipicio, primero se mira el abismo, la distancia entre los ojos (porque de ahí viene la altura, no de los pies) hasta el punto final de la caída, sea éste acuoso, solido o la posible interrupción dada la cuerda de vida… de muerte en este caso. Después, como diciendo las últimas palabras, uno piensa en lo que tiene que pensar. La esperanza pérdida o ausente. La causa que nunca se fue. Supongo que siempre hay alguien en todo eso, alguien o alguienes por quienes nos habríamos mantenido al filo, sólo mirando.

            A ellos recurriríamos si no fuera por el último paso. Algo así como “un pequeño paso para el hombre…” Claro, aquí la humanidad no se inmuta, es algo cotidiano. La humanidad se reduce a esas cuantas personas que conformaron el universo existente aun cuando había cientos de estrellas gravitando alrededor.

            Entonces, después de mirar, tal vez con arrepentimiento o excitación al último segundo por encontrarse con esa parte final que nadie conoce, uno sólo da el paso. Las medidas desaparecen, las razones y sus reacciones flotan con el cuerpo mismo.

            Imagino que siempre hubo arrepentidos al último minuto, que pretendieron con su mano alcanzar la cornisa (¿tendrán el cielo asegurado?). Como en las películas de acción, donde la mano del personaje invade toda la pantalla a mitad de una caída lenta y duradera, no con esfuerzo, sino pidiendo clemencia (¿así los verá dios?) y momentos después, los ojos, ojos desesperados combinados con resignación. Desesperados por alcanzar lo inalcanzable y resignados por lo inevitable.

            Eso a mí me va y me viene. Siempre fui una persona que hacía las cosas bien pensadas, aunque con miedo, si iba para allá, para allá me iba. Por eso no tengo ningún problema con la decisión final, si lo digo lo hago y punto.

            La cuestión es lo que viene después. Eso es lo que frena verdaderamente. Primero el susto. ¿Quién irá a ser el pobre desafortunado que se tope de frente con lo más común y sublime de la vida que es la muerte? Lo inesperado indudablemente asusta, por entrenado que se esté en ver cuerpos. Uno da la vuelta en la esquina y se asusta sorpresivamente con el encuentro de otra persona, de un perro incluso, pero al final, ese otro respira, camina, y redirecciona su andar. Pero un cuerpo vacío… estremece.

            Después, el arguende mediático. Que si fue por despecho, que si fue por dinero, que si fue por cobarde. Esos que cubren las notas nunca entienden nada. Parece que requieren un curso de sensibilidad para entender que las razones de esto, van más allá del entendimiento. Se requiere de terapia para entender las razones (inconclusa por cierto, si no, no pasaría lo que pasa), porque aunque se dé uno de alta, esto pasa, pero al menos bien explicado, sin tanto cabo suelto.        

            Después, las entrevistas al conocido. Preguntando sin incomodidad respeto o sensibilidad, si el ignoto dio señales de esto (¡claro que sí! Esto es lo que hay que enseñarles), si ya lo había intentado, si fue planeado (siempre lo es). Ellos preguntan como si el muerto poseyera a sus conocidos para recibir las cámaras y micrófonos que no recibió en vida. Esta es la parte más difícil, la que uno quiere evitar.

            Pero bueno, entre el amarillismo mediático, las fotos sin censura en los periódicos más baratos de la ciudad y el cuerpo, hay una dificultad por saber que es lo verdaderamente insoportable.

            ¿Qué se le hace al cuerpo? Cualquier método implica suciedad, implica la necesidad de maquillar huellas. Sean estas orificios, marcas alrededor del cuello, meter la lengua, reconstruir alguna parte del rostro siempre es necesario. Peor aún, el papeleo, porque para vivir se requieren papeles que al final tienen que ser arreglados por alguien que no eres tú. Alguien tiene que limpiarte al nacer y al morir. Es decir, el cuerpo implica papeles jurídicos, papeles con valor monetario, papeles para limpiar, papeles para llorar, papeles, el mejor invento del hombre.

            Y es que si se interrumpió la vía pública, si se cayó sobre una carriola, si un policía, uno solo, tuvo que dejar su humilde y más sincero servicio a la comunidad por salvar a un simple mortal, implica papeles, mordidas, dinero.

            El cuerpo implica pues, dinero, dinero por aquí, dinero para acelerar las cosas, para arreglar la jeta deshecha, implica tanto… Ese es el verdadero problema. Y es que incluso, si uno decide ser amigable con el medio ambiente y con el medio social e irse a morir al campo, ya no hay animales que lo devoren a uno. Y en dado caso aparecen de nuevo los papeles con alguna foto excesivamente borrosa (habiendo tantas fotos de perfil), de parte de alguno o alguna que tiene fe en salvarte.

            Y para terminarla de arruinar, si uno se aventura, teme encontrarse con aquello de lo que tanto huye, otras gentes. Que si violentas, que si amigables, uno termina tal vez como un numero en las estadísticas del narcotráfico o de la indigencia. Pero así ya no tiene chiste. Tampoco se trata de degradar la desgracia. Si uno va a morir (cobarde o heroicamente, como quiera verse), hay que hacerlo sin rebajar la dignidad que uno tiene, sin perder el nombre o el apellido. Porque de lo contrario, ahí aparecen razones sencillas, numéricas, y ya no daría a qué pensar o preguntar, porque eso siempre se quiere, ¿cómo si no? Uno espera la charla final.

            El cuerpo arruina toda posibilidad de desaparecer del mundo de manera honorable. Escribo todo esto desde la silla del escritorio. En la otra ventana de la computadora hay una gráfica que debo llenar con datos que no me pertenecen. Números que dicen más números aunque impliquen personas como yo.

            ¿Es por eso que hago lo que hago? (¿Es hago o haré?). ¿Es acaso que me cansé de los papeles, de los números, de la ausencia de nombre? Lo hago porque estoy cansado. Más bien, quiero hacerlo porque es lo único de lo que mis manos tienen el control. Aunque pudiera yo planear un viaje a Perú, malaya sea, un virus pandémico me frenaría. Aunque pretendiera yo ser astronauta, afortunados sean mis padres, nacería en la pobreza intelectual y monetaria como para ir a Cambridge o alguna universidad en el Norte del país, requisito indispensable.

            Pero la muerte, mi muerte, es lo único en que yo puedo hacer algo para decidir cuando tiene que ser. Decir “la” muerte, es dejárselo a la huesuda, a dios, a los dioses, al destino, a las enfermedades inevitables. Pero decir, “mi” muerte, es tener el poder, por fin, de mis pasos. Es la capacidad negada universalmente, de tener el control.

            Porque eso es lo que nos aterra siempre. No saber nada. La incertidumbre produce ansiedad. Si bien mi salud dice que tengo las probabilidades de un 90 por ciento de que respire mañana, el otro 10 pesa como plomo frente a una sola y simple pluma. Ese 10 por ciento es el que me aterra, es del que decido deshacerme. Es el que ya no quiero tener en cuenta como infinitas posibilidades de muerte que no dependen de mí.

            Pero una vez más, el cuerpo. ¿Qué le hago al cuerpo? No quiero que mi madre me vea colgado de un barandal. No quisiera que alguien tuviera que reconocer un rostro quemado de la barbilla por el impacto de bala. Qué vergüenza sería caer de un puente, no morir e interrumpirle el sábado a alguien. Morir en Taiwán implica un gasto innecesario en la aduana, una carga para quien no lo merece a nivel internacional. Resulta entonces que el problema no es la decisión de morir, esa es seguro que podemos tenerla. La situación es lo que viene después. Dejando de lado las lágrimas, los llantos incontrolables y las responsabilidades injustificadas ajenas, sólo por las ganas de sentirse culpable, el cuerpo es el verdadero problema para morir.