lunes, 10 de mayo de 2021

Ya listo?

Siempre me molestó que mi hermano comenzara comer antes que nosotros. Cuando salía de la habitación y lo veía cómodamente en la mesa, devorando (porque él no comía, devoraba) me preguntaba por qué nadie le decía nada. Desde que tengo memoria hacíamos una especie de ritual, poner la mesa, los platos, el agua, las servilletas, la comida, la oración y que a uno le tocara servir cada vaso para cada quien. Mi hermano llegaba a romper ese ritual cada que empezaba antes que todos. Como si de repente el padre en la misa empezara por comer la hostia y el vino, luego diera misa y al final nos comulgara, todo un desorden que no le gustaría ni a Dios ni a nadie. 
    
     Ahora me arrepiento de pensar así, valdría la pena verlo devorar, sin detenimiento ni remordimiento, sólo comer, bocado tras bocado, que feliz se veía. En aquellos días cuando me despertaba, me sentía como un adulto al preparar mi desayuno. Un huevo, sincronizadas, tal vez recalentar lo del día anterior. Ese ritual de poner la mesa me pertenecía, porque mis mañanas casi siempre fueron solitarias, excepto los domingos, cuando todos compartíamos los buenos días. 

     Cuando terminaban mis clases en línea mamá nos llamaba y comenzaba ese tan anhelado ritual. No sé por qué lo disfrutaba tanto. Tal vez sentía como una pequeña fiesta, donde todos se reunían para festejar algo, ahora me doy cuenta que si había festejo. Era delicioso y divertido. Pasar las tortillas de un lado a otro, pedir la sal o más agua, escuchar las cucharas rascar hasta la última gota del caldo en la sopa. Después el guisado, mi madre siempre tan original, nunca hubo un platillo repetido en la semana, o era carne, o pollo, o pescado, o verduras rellenas, ella siempre innovando. 
    
    El ritual no terminaba con la comida, había que recoger la mesa y había un pobre diablo que debía lavar los trastes, una vez a la semana alguien era el sentenciado. ¿Cómo será en otras familias? ¿Todos lavan, uno sólo lo hace, hay quien les lave? Yo lo disfrutaba, porque era el momento en que hablaba con mi mamá mientras ella recogía el desorden por cocinar, me contaba de cuando era joven. No había más, sólo su vida y a veces la mía y la de mis amigos. 

     Después de ir a mi clase de box con mi tío en la tarde-noche, mi madre me esperaba, a mí y a mi padre con la cena, algo sencillo, pero recuerdo ahora como terminaba lleno, muy lleno. Mi padre por cierto, trabajaba duro. Despertaba muy temprano, desayunaba antes que yo y se iba con un lunche, hecho por él o por mamá. No volvía hasta entrada la noche, nunca hambriento, pero como yo en las mañanas, tenía una manera peculiar de hacer suya la cena. Me veía fijamente, me preguntaba por la escuela, mis exámenes los pasaba con más de ocho porque tenía mi sparring cuando cenaba con él. “¿Quién descubrió América?, ¿Cuándo?, Capital de Colombia. ¿Quién fue Simón Bolívar?” Siempre preguntas que más que molestarme, me ponían nervioso, no quería quedarle mal. Él y mi hermano siempre me corregían y me contaban más y más. Yo me sentía pequeño, como si no estuviera ya en edad de dejar la primaria. 
    
     Ahora que pienso en mi padre y en los días de hoy, tengo muy presente esa mañana. Salí de mi cuarto y como todas las mañanas, me gustaba verlo, o lavar su plato o terminando de desayunar. Se veía tan preparado, como si estuviera listo para ir a un evento importante, concentrado, escuchando las noticias en la radio. Su semblante cambiaba al verme “¿ya listo?” siempre me preguntaba con una sonrisa. Pero aquella mañana estaba recargado en la alacena, la radio apagada, él miraba a la nada mientras bebía una taza de café. “Se me antojó” me respondió cuando le dije que él no bebía eso, sólo mamá. Recuerdo su mirada, como ausente, como si hubiera perdido algo desde hace días. Miró su taza de café por un instante y me hizo su pregunta clásica de mañana. Fue un “¿ya listo?” que resuena cada día en mi corazón. Desde ese día él sabía lo que venía. 

     Desde aquella mañana no lo volví a ver desayunar, “estoy a dieta” nos decía, “estoy subiendo los kilos que me faltan pa’ la edad” decía mofándose de mi tío Raúl, que se sentía orgulloso de su gordura. “Pero mira, llevo mi lunche, ese no puede faltar o me desmayo, tu come bien, que para eso trabajo, pa’ que engordes como tu tío”. 

     Un día de esos, mi hermano me sorprendió, “¿vas a querer?” me preguntó antes de terminarse el guisado. Él no hacía eso, él comía y comía, como si tuviera una aspiradora en su estómago. No preguntaba ni se medía, incluso cuando nos visitaban mis primos y comíamos todos juntos, aunque hubiera alguno que se quedará sin guisado, él se servía con gusto y antojo. Pero desde ese día sus bocados, en ocasiones, iban acompañados de miradas. Sus miradas, recuerdo sus miradas sobre mí. ¿Qué tanto veían? Supongo que veían la forma de que yo no viera nada. 

     Yo entendí que pasaba algo hasta que mamá nos dijo que tenía que ir al centro. Se fue sin cocinar, con prisa, después de abrir el correo, se fue con prisa, alborotó los papeles de su cuarto y se fue. Por la tarde, habló con mi padre, decían de la suspensión de un pago a mi madre, un recorte, impuestos, cosas que escuchaba en la radio por las mañanas. Mi hermano estaba muy atento, participaba, entendía ese idioma de adultos, dijo que empezaría a trabajar. 

     De algún modo, eso me gustó, ahora éramos tres en las mañanas y poco a poco se anexó mi madre. Comenzó a hacer todos los deberes desde temprano y por las tardes salía no sé a dónde. Ahora por las tardes estaba solo y podía jugar libremente por toda la casa. Me sentía como un soldado que combatía contra los que venían de fuera. Me cubría en la ventana del cuarto, corría a la cocina y apuntaba con la escoba hacía la casa del vecino. Imaginaba francotiradores en la azotea y siempre andaba agachado. 

    Un día mi hermano alcanzó a verme jugar y me dio un paliacate “Este va en la nariz, para los lacrimógenos, siempre los usan” “Y para el Covid” le decía yo, “No, el gas si te jode la respiración cuando más la necesitas” me dijo. Un día no regresó, ni él ni mi padre. “Lo habrán confundido, las cosas están difíciles allá afuera” dijo mi madre. Yo sabía que no, él era broncudo, siempre hablaba de las marchas, hasta me enseñaba consignas, no había confusiones. Yo no entendía bien eso de la lucha, no sabía contra qué o para qué, él sólo me decía que era necesario para que yo viviera bien, aún lo creo. 

     Cuando volvió a casa estaba muy golpeado. Un lado de la cara la tenía muy inflamada y desde ese entonces caminó muy raro. Mientras se recuperaba me pedía sus libros o que buscara alguno en internet, a veces hasta le leía. Se le dificultaba mucho, quedó como pirata, con pierna de palo y un ojo inservible, todo por un perdigón. Recuerdo mucho su mirada, desde ese entonces comenzó a ser similar a la de papá. De hecho se hablaban con expresiones faciales cuando escuchaban la radio en las mañanas. “¿Cómo ves?” le preguntaba mi padre, como cuando cenaba conmigo, que por cierto, ya era ocasional esa cena, decía que comía cerca del trabajo. A lo que le respondía mi hermano él decía “sí” o “no” y después le hacía una explicación que a veces yo dejaba de entender, más cuando era de economía o política. Pero me ponía alerta cuando decían milicos, marchas, manifestaciones o retenes, me daba miedo no volver a ver a mi hermano. 

     A mamá no le gustaba que me interesara en ello. “Tú a tu escuela, acuérdate que vas a pasar de grado y debes estar listo, tu papá y yo para eso estamos, para que estudies” También cuando cocinaba me decía “Este lo guardamos para tu papá” y apartaba un plato con comida. Mamá lo tenía todo ordenado desde que se levantaba con nosotros, recuerdo que antes de todo este caos el refrigerador se veía más lleno. Pero eran comidas pasadas o verduras que no le gustaban a mi hermano. En esos días se veía hasta el fondo del refri, como nuevo casi. Bueno, eso pensé un buen tiempo. 

     Dejé de ir con mi tío también, “con su nuevo trabajo no lo va a dar tiempo, además debes alimentarte y cuidarte bien, si no vas a terminar flaco, suficiente tienes con tus correteos por la casa”. Lo cual también agradecí, había días que olía muy feo a sudor. Si boxeaba era seguro que terminaría hasta con la ropa mojada. Cuando fueron los cortes semanales me decían “deja que tu hermano y tu papá se bañen, si sobra te enjuagas la mugre”. Pero siempre me dejaban un poco para la cara, axilas y genitales. “Que tu cara sea hasta la nuca” me dijo mamá cuando me rapó. 

     A mí no me importó andar calvo, si con la pandemia todo era encierro y rareza con las movilizaciones todo se puso más feo, ya ni a la tienda podía yo salir. Recuerdo que había domingos en qué salíamos juntos, aunque fuera a comprar la despensa, pero de eso se empezó a encargar mi hermano, yo estaba ahora confinado a la casa. “El villano invisible había tomado forma de policía”, escuche decir a mi hermano una vez. Recuerdo que un día le grite muy feo, ni sé por qué. Sólo recuerdo el coraje incontrolable, no sé cómo debí de haberme visto, pero sé que mi expresión fue desconocida para él. También le di algunos golpes que ningún efecto le hicieron, sólo me sujeto, me gritó que me calmara. Después de un rato me dijo riendo “Tú lo que tienes es hambre”, y se salió. Entre mi llanto vi un encabezado del periódico que dejó botado “Colombia subió de 4.6 millones de personas en pobreza extrema a 7.4 millones”. Eso me sorprendió, no imaginaba como se verían tantas personas, cuando iba a asomarme a ver si había fotos él volvió con cosas para hacer sándwiches, me resultó tan extraño, pero me pidió que le ayudara. Recuerdo como me veía comer, “ya te hace falta salir también, luego te llevo a una marcha, para que le pegues a los milicos como lo hiciste conmigo, tienes buen brazo”. 

     No sé cómo lo habré visto, tenía una mirada con mucho afecto y entendí que era tiempo de crecer. Ya no quería que me consintieran, tenía que ser como él o cómo papá. Siempre los vi haciendo algo. Poco a poco acostumbré a mi cuerpo a dos comidas al día, tenía que alcanzar para todos, “por si alguien quiere” le decía a mamá cuando dejaba algo en la cazuela. Me impuse mis horas para leer lo que había en el librero de mi hermano, sigo sin entender muchas cosas y lamento no poder preguntarle mis dudas. Cuando mamá se iba yo hacía el aseo que faltaba, le ahorraba mucho tiempo de la mañana. De algún modo sé que ahora me toca a mí ocupar el tiempo para la lucha que aún no me toca pelear. Hay veces que me da sueño, que me aburro, que me canso o que simplemente no quiero leer. Pero siempre me acuerdo de mi papá, diciendo “¿Ya listo?”. Estoy ansioso para que alguna mañana, después de que desayune, me vea y sepa que si, que ya estoy listo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario